¿Surgirá otra vez la rebelión y el pecado en la tierra nueva?

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La pregunta que usted hace no es tan simple como parece. Si la respuesta es negativa, entonces tenemos que ocuparnos del tema del libre albedrío. Si es positiva, entonces el problema es que el sacrificio de Cristo no fue lo suficientemente poderoso para solucionar de una vez y para siempre el problema del pecado. El universo existiría bajo la sombra de otro conflicto inevitable. Bajo tales circunstancias, ¿podrían los seres inteligentes realmente disfrutar del cielo? A manera de respuesta, expresaré dos cosas que afirmamos con claridad y, sobre esa base, haré algunos comentarios. 1. El fin de Satanás, los pecadores y el pecado: El originador del pecado no es eterno, y su reino tampoco; ambos tendrán un fin, que se producirá cuando Satanás lleve a cabo su ataque final contra Dios y su pueblo, y el fuego lo consuma (Apoc. 20:7, 10). Este es uno de los acontecimientos más importantes en la resolución del conflicto cósmico. El originador del pecado y la rebelión y el instigador del pecado dejará de existir, sin dejar un vacío en el universo que otro tenga que llenar. Debido a su corrupción absoluta, la presencia de Satanás en el universo es innecesaria. Una vez que el enemigo es borrado del universo, sus seguidores –los demonios y seres humanos rebeldes– no quedarán como extensión de su persona y poder. Ellos también caerán en el olvido, sin dejar rastro de su existencia y corrupción. Los ángeles caídos enfrentarán a Dios como juez en el gran día del juicio, y experimentarán la muerte eterna (cf. Jud. 6; 2 Ped. 2:4). La destrucción de los malvados también será radical y se llevará a cabo junto con la de Satanás y sus ángeles caídos (Apoc. 20:7-15). Malaquías expresó bien la idea cuando, al hablar de los malvados, dijo: «No les dejará ni raíz ni rama» (4:1). Esta cirugía cósmica extrema destruirá permanentemente la anomalía del pecado en todas sus expresiones. 2. El reino eterno de Dios: Con la destrucción del enemigo y sus huestes, se restablecerá la soberanía del reino de Dios. Se da una visión de un mundo nuevo que asume la armonía cósmica universal e inalterable. La erradicación del sufrimiento y la muerte se expresa de maneras que excluyen su resurgimiento (Apoc. 21:4). Los redimidos «nunca más» saldrán del templo de Dios (Apoc. 3:12), no tendrán hambre ni sed (Apoc. 7:16) y sus nombres jamás serán borrados del libro de la vida (Apoc. 3:5). Dios y el Cordero serán alabados «por los siglos de los siglos» (Apoc. 5:13), y Cristo y su pueblo reinarán para siempre (Apoc. 11:15; 22:5; véase Dan. 7:14). «No habrá más maldición» (Apoc. 22:3; cf. Nah. 1:9). No hay un solo texto bíblico que sugiera o siquiera dé a entender que la nueva creación de Dios podría ser arruinada una vez más por el pecado. 3. La seguridad en la cruz y la libertad humana: Mi  sugerencia es que la cruz de Cristo inoculó al universo contra un resurgimiento del pecado. La expiación resolvió el problema cósmico del pecado, y tiene el poder suficiente para impedir otro conflicto cósmico. Fue el propósito divino «reunir todas las cosas en Cristo […], así las que están en los cielos como las que están en la tierra» (Efe. 1:10). Así lo hizo, y seguirá sosteniendo todas las cosas en él por la eternidad (cf. Col. 1:19). Después de su resurrección, Cristo subió «al cielo, [y] está a la diestra de Dios; y a él están sujetos ángeles, autoridades y poderes» (1 Ped. 3:22). La seguridad futura del universo se basa en el significado de la muerte expiatoria de Cristo. De allí que será nuestro tema de análisis por la eternidad. Todas las criaturas inteligentes se someterán voluntaria y permanentemente al Señor como resultado de la magnitud y la magnificencia del amor  divino revelado en la cruz de Cristo. Elena White expresó: «El plan de salvación, que hará manifiesta la justicia y el amor de Dios, brinda una salvaguarda eterna contra la deserción de los mundos no caídos, y de los que sean redimidos por la sangre del Cordero» (Signs of the Times, 30 Diciembre, 1889).