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Ángel
Manuel Rodríguez
Como
iglesia sostenemos que los pecadores que mueren la segunda muerte,
mueren para siempre. ¿No debería Cristo, quien murió esa segunda muerte
como nuestro sustituto, haber muerto para siempre?
No nos es dado comprender plenamente lo que
implica la muerte segunda, puesto que el único que pasó por ella, regresando
después, es Jesús.
Por
lo tanto, debemos abordar ese tema con el mayor de los cuidados, comenzando
por examinar los textos en los que se emplea la expresión muerte
segunda, para explorar a continuación la experiencia de Jesús.
La segunda muerte en la Biblia:
La frase segunda muerte aparece solamente cuatro veces en
el libro de Apocalipsis (2:11; 20:6, 14; 21:8). Pero estos pocos versículos
revelan ciertas cosas de gran importancia.
Primeramente, es el instrumento de Dios
para la erradicación del pecado, los pecadores, Satanás y la muerte, del
universo (Apoc. 20:10, 14; 21:8). La segunda muerte es fundamentalmente
diferente de la muerte natural. El pecado y la muerte entraron en el mundo
conjuntamente, y serán expulsadas de él conjuntamente. La segunda muerte
es la penalidad final por el pecado, la eliminación total y eterna de
los poderes del mal y del pecado, de la creación de Dios.
En segundo lugar, la segunda muerte es un proceso
que lleva la vida pecaminosa a un final (Apoc. 20:10, 14). Los pecadores
se darán perfecta cuenta del hecho de que están pasando por aquello que
los separará de Dios por siempre. Ese proceso culmina en el inevitable
e ineludible cese de la vida de los pecadores impenitentes. Sólo termina
su obra cuando no queda absolutamente ningún resto del pecador ni del
pecado.
En tercer lugar, la segunda muerte se caracteriza
por el dolor. Hiere y aflige indescriptiblemente a los que la padezcan
(Apoc. 2:11). El Nuevo Testamento emplea el mismo verbo para describir
el daño físico (Luc. 10:19) y el espiritual (Col. 3:25). En Apocalipsis,
es un sinónimo de tormento (Apoc. 9:4, 5; 20:10). Los que están bajo el
pleno control del mal son atormentados por él (Mat. 8:29). Por lo tanto,
cabe deducir que la segunda muerte se experimenta con angustia o agonía,
tanto física como espiritual. Como un dolor inmenso, indescriptible.
Por último, la segunda muerte es legalmente
justa. No tiene potestad o autoridad sobre los justos (Apoc. 20:6),
pero la tiene contra los inicuos. No es expresión de una supuesta arbitrariedad
divina, sino una expresión de penalidad o retribución legal (Col. 3:25).
Sirve para revelar la justicia de los juicios de Dios (Apoc. 19:1-3).
Jesús y la muerte segunda: La experiencia
de Jesús al atravesar la segunda muerte incluye todo lo anterior, y mucho
más.
Primeramente, padeció indescriptible dolor
físico y emocional. Al aproximarse a la cruz, Jesús comenzó
a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Dijo a sus discípulos:
mi alma está muy triste, hasta la muerte (Mat. 26:37, 38).
Esa terminología denota un pesar, tristeza y angustia de tal magnitud
que amenazaron su existencia. En Getsemaní el dolor fue casi insufrible,
y el cuerpo de Cristo reflejó su agonía espiritual al comenzar a transpirar
como gotas de sangre que caían al suelo. Hubiera muerto, de no ser por
un ángel enviado del cielo que lo fortaleció (Luc. 22:43, 44; Heb. 5:7-9).
En segundo lugar, Jesús experimentó la segunda
muerte porque era la justa penalidad por los pecados del mundo. Llevó
los pecados de la raza humana como su substituto (Mar. 10:45). Nos acercamos
aquí a los límites de ese misterio. Cristo experimentó la segunda muerte
asumiendo la responsabilidad por nuestro pecado y recibiendo su penalidad
(2 Cor. 5:21).
En tercer lugar, Jesús experimentó la angustia
de su separación del Padre, de la forma más cruda y real (Mat. 27:46).
Hizo frente al dolor del abandono de Dios. La angustia de su alma tenía
un componente espiritual, dado que era el Rechazado. Eso es incuestionablemente
la segunda muerte. Desde luego, Jesús volvió a la vida. Resucitó porque
no había en él pecado, y el sepulcro no pudo retenerlo. Para los creyentes,
la resurrección de Cristo es una expresión del amor de Dios. Para los
malvados, en el camino hacia su eterna desaparición, puede muy bien ser
una expresión de ese mismo amor. La segunda muerte señala la exterminación
del pecado y la muerte, del universo. Gracias a que Jesús pagó la penalidad
por nuestro pecado, nuestro destino es la comunión con Dios y con el Cordero
por la eternidad, lograda en favor de todos los que creen en él mediante
su muerte y resurrección.
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