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Ángel
Manuel Rodríguez
En
algunas de las respuestas a preguntas bíblicas usted mencionó la
ira de Dios. )Qué es?
Nadie quiere ser
objeto de la ira; y mucho menos de la de Dios. Entiendo por qué algunas personas se sienten incómodas acerca de
este tema. Por causa de la condición moral y espiritual de la
raza humana, todos merecemos y somos por naturaleza objeto de la ira
de Dios (Efe. 2:3). Vivimos en una era de sentimentalismo y permisividad,
que hace difícil aceptar la realidad de la ira de Dios. Por lo
tanto, algunos tienden a redefinirla, al enfatizar que Dios es amoroso
por naturaleza, y sugieren que el amor de Dios y su ira son incompatibles.
Pero la realidad es que la ira de Dios no puede ser borrada de las Escrituras.
Deberíamos mantener esto en mente cuando discutimos este importante
tema.
1.
La ira divina y el enojo humano. El enojo y la furia humanos no pueden
ser utilizados como un modelo de referencia para la interpretación
y el entendimiento de la ira de Dios. Nuestro enojo es irracional, y
nos daña a nosotros y a los demás. Expresa nuestra pérdida
de autocontrol o nuestra falta de dominio sobre nuestras emociones, y
revela nuestro deseo de controlar a los demás a cualquier costo.
Es una expresión del deterioro y del desequilibrio que el pecado
ha causado en nuestro ser interior, y que hace que nos sea imposible
coexistir con los demás en una relación armoniosa. Por
otro lado, la ira de Dios no está contaminada por el pecado y,
por lo tanto, está bajo el control del poder del amor. Su primera
intención es sanar, procurando la restauración del orden
dentro de su creación (Heb. 12:6; Apoc. 20:15-21:11).
2.
La ira de Dios y el pecado. La ira de Dios no parece ser un atributo permanente
de su naturaleza; es decir, algo que por naturaleza caracteriza
constantemente a Dios y a sus acciones. Dado que su ira no es irracional,
siempre existe una razón para ella o algo que la provoque (Deut.
4:24). Es provocada por el pecado y es, fundamentalmente, su reacción
ante la presencia irracional del pecado y del mal en la vida de sus criaturas,
y en el mundo creado (Rom. 1:18). En consecuencia, su ira es momentánea,
y llegará a su fin una vez que sus buenos propósitos sean
alcanzados. Está en marcado contraste con su amor, que dura para
siempre (Isa. 54:8).
3.
La ira de Dios es escatológica. Siendo
que la ira de Dios es una manifestación de su voluntad de restaurar
el mundo a su orden, armonía y justicia originales, es fundamentalmente
un evento escatológico
(Rom. 2:5; Apoc. 16). Puede ser adecuadamente llamada como "la extraña
obra" de Dios (Isa. 28:21). En ese momento escatológico, la totalidad
de la ira de Dios se revelará (Apoc. 15:1), y todos recibirán
de acuerdo con sus obras. No es una autodestrucción personal o
una fuerza impersonal que actúa sobre los pecadores y Satanás.
Dios participa activamente, al ponerle personalmente un punto final al
pecado, con el fin de restaurar la armonía cósmica que él
estableció en el principio.
4.
La ira de Dios dentro de la historia. Aunque es, fundamentalmente, un evento
escatológico, la ira de Dios ya está presente,
en algún sentido, en este mundo (Rom. 1:18). A veces, consiste
en entregar a los pecadores al poder del mal (vers. 28). Otras veces,
Dios interviene directamente y castiga a los pecadores que no se arrepienten
(Gén. 6:17) o quita su poder controlador sobre la naturaleza,
lo que tiene como resultado la destrucción y la muerte (Gén.
19:24, 25). Estas expresiones históricas de la ira de Dios establecen
límites a la incursión del pecado en la sociedad o entre
su pueblo (Éxo. 32:11), y tienen una intención redentora.
5.
La ira de Dios y nosotros: La ira de Dios contra el pecado humano revela
su lado afectivo. Indica que toma al pecador seriamente, que no
nos ignora incluso cuando estamos en rebelión contra él.
En otras palabras, toma nuestras acciones tan seriamente, que al reaccionar
ante ellas con su ira nos está mostrando su deseo de interactuar
con nosotros. Ignorar a las personas muestra irrespetuosidad y ausencia
de amor; cuando Dios reacciona ante nuestro pecado, nos está diciendo
claramente que somos importantes para él, que no nos abandona
fácilmente, que la relación aún no se ha terminado.
El amor de Dios y su ira no son incompatibles.
6.
La ira de Dios y la salvación. La ira de Dios no es el destino
inexorable de los seres humanos, a menos que ellos lo elijan. Jesús
"nos libra de la ira venidera" (1 Tes. 1:10), al tomar sobre sí mismo,
como nuestro sustituto, la maldición de la Ley (Gál. 3:13).
Nosotros, que hemos sido justificados por fe, ¡"seremos salvos de
la ira"! (Rom. 5:9). Gracias a Cristo, ya no somos más hijos
de la ira. ¡Alabemos al Señor!
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